• Carol Dardón

De la belleza y el arte


Contemplar una pintura es más que solo ver colores y formas; se trata de historias, sentimientos, mensajes ocultos y una energía magnetizante que evita apartar la mirada cuando una obra es lo suficientemente profunda. Desde la antigüedad, los grandes pensadores han intentado descifrar la belleza, reconocer qué es lo sublime y poder, de una vez por todas, dar un veredicto concreto sobre qué significa y qué necesita algo para ser arte. Al igual que en la literatura, se reconocen características que pueden hacer a una obra algo elevado: la estética, el uso de símbolos, la elección de palabras, pero el arte no es solo eso.

Para que algo sea arte basta con creer que es arte, algunos opinarán diferente, pero, de nuevo, todos los conceptos con relación al arte se vuelven subjetivos (salvo por la técnica utilizada y otros aspectos concretos y tangibles que construyen una obra y permiten reconocer el significado detrás de esta). La verdadera belleza del arte se convierte en una combinación de lo que nos muestra la obra y lo que se esconde en ella. No es lo mismo contemplar un árbol a la distancia, que contemplar una pintura de ese mismo árbol. Aunque estática, la pintura presenta distintos verdes y amarillos en el follaje, y se crea con una pincelada tan maestra que con solo verla se transmite la armonía del paisaje, la nostalgia del autor. Con una obra bien realizada se apela incluso a los propios sentimientos, y estos, traen consigo aquel recuerdo del nido de aves que cantaban sobre una de las ramas de aquel frondoso árbol…

El arte es lo que se enmarca y recuerda, lo que presenta un atisbo de realidad, de pensamientos, de ideas completas que se muestran al mundo y gritan a los cuatro vientos que están allí, que sienten, que piensan, que tienen más que apreciar. El arte se convierte en el alma misma, no necesariamente desde un punto religioso, sino que el autor deposita en la obra una parte de sí y esta, en agradecimiento, la recibe, combina y presenta un alma propia que le da vida y le dice al mundo: esta es mi realidad.


Por lo tanto, cuando alguien se presenta frente a una obra de arte, independientemente de cuál sea, existirá una conversación silenciosa, un remolino de secretos, de historias que el arte tiene para compartir. Entonces, no importa si la obra es presentada hoy o en mil años, siempre existirá esta conexión que no se puede explicar, este sentimiento de pertenencia, de identidad, de nostalgia que no permite apartar la mirada por miedo a dejar pasar algún detalle de tan dichoso arte. Esa se convierte en la verdadera belleza.


Texto: Carol Dardón

Edición: Guillermo Monsanto

Obra: Juan Ramón Meza

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