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MAGDA EUNICE SÁNCHEZ


Colección: MONESCO

Recuerdo que la última vez que escribí un artículo sobre Magda Eunice Sánchez fue en mayo de 2008. Me enteré de su muerte mientras abordaba un avión a Madrid y, mientras volaba, confeccioné una columna en mi cuaderno de viaje que al llegar trascribí en una sala de internet.


La conocí muy bien ya que fuimos amigos y compartí con ella algunos momentos memorables. Por ejemplo, fui testigo de su primera escultura confeccionada en el taller de Rae F. Leeth. En aquella ocasión estaban también Olga Arriola de Geng, Walter Peter B., que ya era escultor, y alguien más que no recuerdo.


La pieza de Magda era fidedigna, no había cómo confundirla. Poseía su impronta etérea y grácil. Todos coincidimos en que había sabido traducir su pintura a la tridimensionalidad. Más adelante se uniría al grupo encabezado por María Elena de Lamport -que como Rae se había formado en el Corcoran School of Art de Washington – Carlos Estrada, José Antonio Fernández y Leopoldo Barrientos.


Espontánea, intuitiva, gestual, su obra destaca por la armonía lineal de sus formas.


De niña siempre le gustó dibujar. Quizás motivada por emular a la gran figura que representaba su tío Dagoberto Vásquez Castañeda, hermano de su mamá. A diferencia de él, ella siguió una línea autodidacta que puede percibirse fácilmente. Era una artista que no seguía reglas; ella las creaba y a ella le funcionaban.


La carrera de Magda Eunice comienza en los años 60. De hecho, su primera obra conocida es de 1963 y en ella aparece ya el tema recurrente a lo largo de su carrera: la mujer. En este caso, un rostro acompañado de un ave blanca.


La década de los sesenta es turbulenta políticamente hablando. El conflicto armado determinó buena parte de la expresión artística del lapso.


Es en ese momento que surge el Círculo Valenti y poco más adelante, ya hacia finales de la década, el Grupo Vértebra. Sánchez estuvo cercana a las expresiones de ambas asociaciones a pesar de que su obra estaba alejada de los manifiestos políticos.


Gestual, intuitiva, espontánea, Magda Eunice Sánchez supo tomar presencia a par de las creaciones de los artistas que fueron evolucionando con ella. Su trabajo siempre se consideró fresco y actual. Técnicamente aprovechaba las manchas y los accidentes que cada material le ofrecía, destacando así valores que hacía funcionales visualmente.


Aunque su interés central giró en torno a la figura femenina y la belleza contenida en ella, también se interesó en otros temas como los gatos, que llevó a una máxima expresión, caballos, músicos y otros pocos elementos abstractos. Ella solía decir que pintaba por el gusto de pintar. Que eso era suficiente para que un artista se motivara y diera lo mejor de sí. También realizó algunos murales.


Por: Guillermo Monsanto


Tomado del Diario de Centroamérica, 6 de febrero de 2023.

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